miércoles, 4 de marzo de 2026

LA RADIO PHILIPS: ECOS DE NOSTALGIA EN CADA ONDA

 Desde El Trapiche  
Por: Carlos Lozada 
Acema Digital

Hay un primer momento para todo. Este, el de escribir mi primera columna para Acema Digital, me toma desprevenido por la nostalgia. Es como moler la caña en el viejo trapiche: al principio es solo trabajo, pero luego el jugo dulce inunda todo y se transforma en memoria.

Y la memoria, queridos trapicheros, tiene una banda sonora. Para mí, suena a estática suave, a voces que llegan desde muy lejos, a la calidez de una madera oscura y un tejido de tela sobre la bocina. Suena, exactamente, como la radio Philips de mi abuelo Alfredo Pichardo.

Allí sigue, en la bodega “La Esperanza”, en el caserío La Morita. No sé cuántos años tiene ese aparato. Lo cierto es que desde que tengo uso de razón ha estado ahí, como un mueble más del negocio, pero infinitamente más importante. En esa radio no solo aprendí a escuchar radio: aprendí a imaginar mundos, a informarme, a admirar a personajes que nunca vi pero cuyas voces sentía cerca. Aprendí, fundamentalmente, a soñar.

Por sus diales pasaban las voces graves y serenas de La Voz de América, la elegancia del francés en Radio Francia Internacional, el acento distinto de Radio Nederland. Eran ventanas al mundo, más allá de nuestros cerros. Y luego, las de casa: Radio Trujillo, Radio Rumbos, la potente YVKE Mundial… Ese era nuestro cable a tierra, nuestra conexión con la patria grande y chica.

Esa radio existió para aquel niño que no alcanzaba los botones, y existe ahora para este señor de 58 años que respira nostalgia cada vez que la ve. “¡Sigue ahí!”, me dije, emocionado, en mi regreso hace cinco años. Y sigue, testigo mudo y parlante de dos generaciones: la de mi abuelo Alfredo y la de mi tío Alfredito. Para ellos, la radio no era para “tonterías” o “llanerías”. No, señor. Era la tecnología al servicio del saber. Siempre les doy gracias por ese ejemplo, que mi tío, con su seriedad bondadosa, aún hoy me regala.

A esa radio, le debo mi afición desmedida por los Cardenales de Lara, porque mi tío sintonizaba cada juego con devoción. Abajo, en la casa de mi abuela Graciela, había otra radio, más festiva, para las radionovelas de lágrima fácil, la música alegre y, de vez en cuando, escuchar a algún dirigente del partido Copei, el “verde esperanza” que ella tanto quería.

Hace unos días, en una visita, me atreví a tocarla. Quería encenderla. Y en ese instante, la magia (o la realidad más pura) ocurrió: me transformé de nuevo en niño. El dial, el sonido, el olor a madera y tiempo… todo era igual. Yo regresé a La Morita, y la radio sigue en pie. Yo también estoy firme, volví a los lugares donde amé la vida con una intensidad que solo da la infancia.

Así que esta columna, la primera en Acema Digital, se la dedico a ellos. Gracias, abuelo Alfredo. Gracias, tío Alfredito. Por hacerme escuchar radio. Esa radio. Particularmente esa radio. Gracias por sus voces, que se mezclan con las de los locutores en mi recuerdo. Eternamente, gracias.

Mientras termino de escribirles, miro el reloj. Son las veintiuna horas con treinta y ocho minutos. Y casi por acto reflejo, busco en el aire la señal: el pitido preciso del Observatorio Naval Cagigal llega a mis oídos, puntual como la nostalgia.

Nos encontraremos el próximo miércoles, estimados trapicheros. Mientras tanto, cuiden sus recuerdos. A veces, están a la vuelta de un dial.

Para Acema Digital  
Desde El Trapiche, con el dulzor de la memoria.

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