Por: Ing. Carlos Emigdio Lozada
Hace unos días me encontré releyendo algunas de las frases más célebres de Renny Ottolina. Siempre he pensado que Renny fue un venezolano adelantado a su época; un hombre con una lucidez tan punzante que rozaba lo profético. Le tocó vivir y advertir en una Venezuela de bonanza petrolera y despilfarro material, un escenario que, aunque ya mostraba grietas, ni de lejos se comparaba con la profunda descomposición de valores que respiramos hoy en día. Sin embargo, hubo una reflexión suya en particular que me detuvo en seco y me obligó a mirar el presente con otros ojos:
«Venezuela es el país que más ha invertido en su propia destrucción».
— Renny Ottolina
Es una frase durísima, una verdad que golpea directamente en el estómago. Cuando uno se detiene a mirar hacia atrás, a sopesar todo lo que alguna vez tuvimos —la inmensa riqueza natural, pero sobre todo el brillo y el talento de nuestra gente, y aquellas oportunidades que parecían sobrar— y luego observa el mapa de nuestra realidad actual, la conclusión es inevitable: esto no fue un accidente. No nos pasó una catástrofe natural por encima; nos pasó algo mucho más complejo y desgarrador.
Siempre me ha gustado usar una metáfora para entenderlo mejor. Es como tener un vehículo excelente, de buena marca y motor impecable, estacionado en el garaje. En lugar de cuidarlo, de hacerle su mantenimiento y usarlo para avanzar, un buen día decidimos desarmarlo pieza por pieza. No por necesidad, sino por un mero capricho, por soberbia o, peor aún, por no tener la menor idea de qué hacer con algo tan valioso. Lo más doloroso de esta historia es que esa "inversión" en destruirnos no nos salió barata. Al contrario, ha sido la inversión más costosa de nuestra historia: la pagamos con décadas de progreso perdido, con millones de familias fracturadas por la distancia y con un cementerio de sueños hermosos que terminaron guardados bajo llave en la gaveta del olvido.
Al final del día, lo que Renny intentaba advertirnos es que la destrucción de una nación no siempre viene de afuera. Nosotros mismos, al permitir que la improvisación se convirtiera en norma, que la falta de ética fuera tolerada y que el resentimiento tomara el volante del país, fuimos pavimentando, bloque a bloque, el camino que nos trajo hasta este punto.
Esta es una lección amarga pero indispensable para todos los que hoy nos negamos a dar el brazo a torcer. Es un recordatorio de que un país puede autodestruirse si su sociedad deja de cuidar lo que verdaderamente sostiene a una nación: su integridad y su gente. Para quienes hoy estamos convencidos de que vale la pena luchar por recuperar lo nuestro, entender esto es el primer paso vital. La reconstrucción no será un asunto puramente económico o de infraestructura; el daño empezó desde adentro, en el tejido de nuestros valores, y es exactamente desde allí, con el esfuerzo honesto de cada uno de nosotros, desde donde tenemos que volver a levantar la casa.
lunes, 27 de julio de 2026
#Opinión | EL COSTO DE DESARMAR UN PAÍS: LA DOLOROSA PROFECÍA QUE NOS TOCA REVERTIR
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario