Por Prof. Eleyde Aponte
Los milagros existen; lo afirmamos los que creemos en Dios. Ciertamente, los milagros existen; eso no lo niega nadie. De hecho, el primer milagro que conocemos es la vida misma.
Pero para que los milagros existan, debe haber un Ser Supremo, Omnipotente, que desde donde quiera que se encuentre es guía y Pastor de su rebaño disperso en cualquier lugar de nuestro planeta Tierra. Ese Ser Supremo lo conocemos como Dios, Jehová, Padre Celestial, entre otros nombres que los seres humanos pronunciamos para invocar su auxilio en cualquier circunstancia, bien sea para agradecer desde el milagro de la vida hasta todo lo que ocurre a lo largo de la misma.
No hay nada que ocurra bajo el sol que no invoquemos su presencia en los distintos idiomas que se hablen en el planeta Tierra o en cualquier forma de comunicación humana.
Dios siempre ha sido nuestro auxilio y compañía en cualquier circunstancia que, como seres humanos, nos toque vivir: la alegría, la tristeza, la ausencia, el dolor... Su auxilio de Padre protector, sus bendiciones diarias y sus brazos amorosos siempre nos protegerán; y si por alguna razón en el camino llegamos a caer, Él estará allí para levantarnos aun de las caídas más estrepitosas, sacudir el polvo del camino y ayudarnos a seguir adelante.
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